
Diarios de psicoanálisis

El potaje requiere, para poder ser apreciado en su verdadera dimensión, que el comensal -antes de proceder a de- gustarlo- se disponga a imaginarlo en el centro de la mesa y ya no en el borde, como es la costumbre cuando ha sido servido y se procede a su ingesta en forma casi inmediata. Este punto de vista, en su imaginación, podrá encontrarlo por sí mismo o bien con la ayuda de quien se lo ha entregado en la mano o, en su defecto, lo ha dejado sobre la mesa, en reposo y a la espera.
Una vez que el potaje se le aparece en el centro de la mesa, el futuro comensal tiene la posibilidad de apreciar su secreto que, de haber permanecido en el borde de la mesa, por no haber podido ser desplazado en la imaginación, se le hubiera ocultado.
El potaje es un plato a base de las variedades alimenticias disponibles en cada región, que puede hacerse con sobras guardadas, restos que pueden retomarse y volver a ser empleados en infinita creación. Debido a la capacidad de variadísimas combinaciones de sus ingredientes y condimentos, ha podido ser considerado "un banquete para los dioses".
Puesto en perspectiva, deja ver relaciones entrañables en la composición que le da existencia.
La tierra se hace eco del cielo que desciende hacia ella como rayo de luz, y deviene tierra fértil.
Año 1 - número 1 - abril de 2010
Editorial
A partir de entonces, los ingredientes estarán disponibles para la elaboración de tantas variedades de potajes como recuerdos puedan iluminarse para todo aquel que le apetezca elaborarlo.
Este afecto de la tierra es el rasgo básico de la popularidad del potaje; su manera de ser como pueblo lo hace confiable. Raciones pequeñas pueden albergar esta riqueza que anima el espíritu de los hombres.
Jorge Macchi, artista visual, luego de la lectura del borrador de las secciones El Rayo y Conversaciones de este primer número de El Potaje, nos propone una de sus cautivantes obras, en la que no falta el misterio de las sombras, y donde se destaca la serena disposición de una nube en la que el resplandor toma la forma de un bello cuchillo, despejado y luminoso, de tonalidades rosadas, mezclas del rojo y el blanco.
Correspondiendo a la propuesta del artista, el cántico de este diario reconoce en la nube, aún cuando vela el cielo, "el azul escuela de los ojos" como su poesía orientadora.
La imagen que Jorge Macchi nos ofrece -a modo de relato de un sueño- nos fuerza a dirigir una vez más la mirada hacia algunas manifestaciones de la locura para resolver, esta vez, las conclusiones erróneas que sobre el uso de este utensilio a menudo se presentan en las formas de la paranoia y otros delirios asociados a ésta.
Porque este cuchillo tiene un lugar reservado en el cielo.
Sin que busque hacerse notar, y apareciendo extraño al uso habitual, ofrece a la zanahoria, digamos, la posibilidad de no existir más como bloque indiviso, para afrontar su declinar y dividirse en pequeños trozos y poder entonces reunirse con otros vegetales o, incluso, diversas carnes ya sean rojas o blancas, de modo de hacer la experiencia de su participación en un rico potaje, devenido pura inventio y también el misterio de las sombras, los grises de la tierra, nos evocan el embrujo de las islas de nuestro Delta, otra relación de diversidades que, como ocurre en el potaje, se requieren entre sí.
Las islas, como los ingredientes del potaje, simpatizan entre ellas sin confusión, porque el río que las separa también las reúne.
Al reflejarse en el espejo de agua y vida abundante que las reverdece, estas tierras fértiles de vegetación exuberante prescinden de subordinaciones jerárquicas. Ninguna de ellas quiere ser centro privilegiado, porque tienen por propio centro el pantano que anuncia el río que las abraza y que, a menudo, se desborda. Centro pantanoso, fuente inagotable de proliferación biótica donde habitan el canto de los pájaros, el bullicio de las gallinetas silvestres y ese tenor de los charcos con su locura de adorar la luna, que es locura eterna de todo poeta.
Quizás entonces, como para el sapo, de la noche y a la vez cancionero, el delta del psicoanálisis pueda ser tierra fértil para la huerta donde se guarece y se ilumina el fruto in-finito que Freud y Lacan nos enseñaron a cultivar.