
Otras comunidades locales
Existen desprendimientos de la Comunidad psicoanalítica "El Potaje" que guardan una relación de correspondencia con ella.
Carta de presentación
Humus es una comunidad de formación y atención en psicoanálisis que surgió como desprendimiento de otra comunidad psicoanalítica llamada “El Potaje”.
La comida humana…viene del humus:
Hay un misterio en la nutrición humana y es que comer no implica “alimentarse”. Asistimos a una época de sobrealimentación que genera sujetos cada vez más obesos y, paradójicamente, cada vez más débiles en cuanto a la responsabilidad por los temas fundamentales de la humanidad, sobre los que hay inapetencia.
La cuestión será cómo despertar el apetito ya que es estando hambriento que se inicia el trayecto y es el hambre lo que hace persistir…
Si la tierra brinda su afecto y entonces, afectada y afectuosa, se vuelve humus. De humus sale hombre y todo lo que podamos reconocer como humano, hasta la humildad de la especie sale de esa raíz del lenguaje.
La fertilidad de la tierra se prepara en el escenario de la transferencia, para eso está el psicoanalista, hace que la llanura tome relieve e incluya pliegues. Se trata de afectar la inocencia que va tragando sin punto de detención.
En tierra fértil, por el contrario, hay posibilidades de hacer florecer la responsabilidad por el decir, de abrir la sensibilidad por el propio cuerpo, que comienza a recordar sin que la memoria lo sepa. La cuestión es construir los bordes, el hasta dónde, justamente, para bien decir, decir y que haga bien.
En un psicoanálisis se va restituyendo la palabra allí donde se ha perdido, se va restableciendo el humus o el hominis, lo propiamente humano; que es concernirse, conectarse con lo que de sí se ha desconectado.
La formación del psicoanalista, entonces, es una responsabilidad primordial. Se trata de abrir el juego a un modo de hacer la práctica que sea del psicoanalista; una práctica que deje ir a la persona y haga con el objeto.
Contando con el humus del lenguaje, que proviene de haber oscurecido la luz de la razón, crear el terreno propicio para una enseñanza. No va de suyo que ocurra el hecho de aprender algo y que se de una enseñanza, tiene que estar antes la fertilidad de lo no sabido. El alojamiento de lo nuevo implicará una transformación. Podríamos decir que así como todo psicoanálisis es formación, todo dispositivo de formación deberá incluir cierta oscuridad en el lugar de la causa para que sea posible la espera de algo nuevo.
La formación de psicoanalistas, por lo tanto, estará en el lazo y en la trasmisión. El lazo permitirá ajustar el efecto del propio decir para que haya transmisión.
En nuestra comunidad se realizan actividades como cursos, seminarios, jornadas, supervisiones y consultas para posibles tratamientos.
Actualmente, integran Humus: Zulma Alonso, Juan Manuel Boiero, Milagros Carbone, María José Digiácomo, Valeria Lastra, María Laurito, Florencia Nanini, Cristina Pérez, Laura Prieto, Agustina Reynés.
Presentación
Raíces Psicoanalíticas se crea como sedimento de lo que fue el trabajo, aquí en Ciudad Jardín , El Palomar, durante diez años ininterrumpidos en Deltas, Espacios de Lecturas y encuentros de intercambio con otras comunidades psicoanalíticas. Todas estas actividades que nutren nuestra práctica están en consonancia con la Comunidad Psicoanalítica El Potaje.
No es sin El Potaje como antecedente, que en Ciudad Jardín el psicoanalista en su función se hace presente.
Con la creación de Raíces Psicoanalíticas ponemos cerca nuestro interés por los problemas cruciales de la práctica en el psicoanálisis.
Ana Marcantonio, María Laura Rongo, Miriam Dobrauchi, María Haydee Soler y Nuria Rauch.
Raíces Psicoanalíticas.
Con Freud supimos de la existencia de un saber que se constituye de manera oculta para el sujeto al que nombró: el inconsciente.
Un hallazgo aún vigente que dio lugar a poder tratar lo que enferma, según su época, por medio de la palabra.
El inconsciente es un saber enraizado en lo que queda sepultado en el mismo momento que adviene la palabra. La palabra entonces, dice y a la vez oculta.
Pero lo sepultado, eso desconocido de sí que late en plena oscuridad, ilumina el decir, si en transferencia, en el juego de luces y sombras se opacan las palabras del hablar corriente que en tanto mortificadas mortifican.
Ese juego de luces y sombras, ese artificio analítico que propone sombrear la conciencia para detener la impulsividad del lenguaje, crea a la vez espacio. Despega la univocidad del sentido dando lugar a oír lo que es del sujeto.
Al modo de la naturaleza, lo humano, se nutre de ese saber que viene de las profundidades y asoma en los sueños desfigurado, inentendible, enigmático. Saber de raíz que orienta sin estridencia ni brillo. El saber del inconsciente.
Las raíces saben de su trabajo en la oscuridad de la tierra. Un quehacer continuo, en tanto en su horadar se hacen a la vez de sus nutrientes, sujetan a la planta con firmeza y almacenan lo absorbido con el propósito de asegurar el porvenir de la planta. Un trabajo en la intimidad del suelo, en las profundidades de la superficie.
En tanto se cave y se enraíce hay porvenir.
Ese cavar, en la experiencia psicoanalítica, desarticula un saber fijo que no proviene de lo íntimo sino más bien del contenido impropio que se encuentra en lo que, necesariamente, transfirió la pura lengua materna.
Llegar al encuentro de lo íntimo y sujetarse en lo que resuena de ese hallazgo, o sea, echar raíces, es una creación, de cada vez, en un psicoanálisis.
El Almocafre. Un utensilio de la mano.
La labranza de la tierra sigue siendo en determinados lugares una tarea de artesanía.
La mano del que cultiva se mezcla en el suelo, apartando lo que no le permite a la planta sujetarse para enraizar.
El Almocafre es un utensilio del artesano. Con él cava y remueve la tierra, limpia las raíces, separando lo que no favorece al crecimiento en el momento del trasplante de la planta a otro suelo.
El origen etimológico de la palabra Almocafre es incierto, se supone que radica en la lengua árabe y significa “de la mano”. Pero también se puede situar el origen del término en otra palabra árabe que significa “que hace blasfemar”. La primera nombra la herramienta por su uso y la segunda por sus efectos, ya que requiere el estar agachado.
En el trayecto de un psicoanálisis, se orienta a elaborar un utensilio, que se perciba disponible para el sujeto.
Ese utensilio elaborado contiene lo que en el trayecto se orientó a separar de sí, por ejemplo, como comentamos en el artículo de Raíces Psicoanalíticas, aquellos elementos que por provenir de raíces ajenas no daban lugar al encuentro con las propias.
Espinoso trabajo, para cada uno, el de crear suelo, tierra donde poder afirmarse. Superficie que aloje el decir verdadero porque proviene de lo íntimo del sujeto.
Y sí..! Cada tanto se blasfema porque no es un trabajo que responda a la búsqueda de un placer en lo inmediato.
Dicho placer no contiene el reposo necesario para la creación del utensilio. De este reposo adviene, como encuentro, la elaboración de el recurso, una verdadera solución que detiene la repetición sintomática.
Hacer fruto de la tierra no es sin la mano del que labra.



